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Posts Tagged ‘Jean Negulesco’

Drama con ribetes de cine negro y notables dosis de fatalismo, dirigido para la Fox por el cineasta de origen rumano, Jean Negulesco (quien ya llevaba varios títulos notables dentro del cine negro –La máscara de Dimitros o El parador del camino– y el melodrama –Belinda, Humoresque-, para luego convetirse en el rey de la comedia romántica en technicolor –Creemos en el amor, Cómo casarse con un millonario-) , situado en el mundo de las carreras de caballos, se centra en la relación de un veterano y problemático jockey y su pequeño hijo, siempre huyendo por media Europa, por su vinculación a numerosos apaños y tongos y su tempestuosa relación con mafiosos apostantes, ávidos del soplo que les de ventaja.
Utilizando el marco del deporte y la competición para retratar a este baqueteado personaje, cuya tensión entre la marginalidad social y su lucha por abandonarla para alcanzar un porvenir más saneado terminarán en la obligatoriedad de elegir entre el apaño criminal que le llene los bolsillos de dinero sucio y la profesionalidad, con la consiguiente admiración de su hijo. Esta relación paternofilial recuerda en ocasiones a otros títulos centrados en el mundo del deporte (el boxeo en este caso, como The champ, de King Vidor; paralelismo que se ve reforzado por el protagonismo de Gardfield, quien también encarnó en su carrera boxeadores como el de Body and soul, de Rossen, y que se manifiesta en varias escenas que se sustancian en una pelea a puñetazos entre el protagonista y los malhechores que le acosan.).
Gardfield, que ya había trabajado con Negulesco en Humoresque, se encuentra aquí en la madurez de su carrera, dos años antes de fallecer a causa de un ataque cardiaco, provocado quizás por el acoso al que fue sometido por el dichoso Comité de Actividades Antiamericanas de McCarthy, compone un sobrio, tenso y algo sombrío personaje, cargado de fatum, en lucha por huir de su pasado y no perder la mirada admirativa de su hijo.
Huido de Italia, llegado a un París estereotipado (esos cafés y cabarets nocturnos, poblados por arquetípicos existencialistas con barbita y rodeados de humo y glamourousas cantantes con vocación de vampiresa), intentará, mediante la compra y doma de una caballo brioso y díficil y su posterior monta en el Grand Prix, dar el golpe de gracia, el salto que le permita situarse y tener un porvenir con su hijo y con una magnética y bella cantante nocturna, con algún rasgo similar a Edith Piaf, encarnada por Micheline Presle, actriz-cantante famosa en Francia (Falbalas, Le diable au corps,…) efímeramente importada a Hollywood por Zanuck (no consiguió el triunfo y regreso pronto a su Francia natal), pero la reparición en escena de la banda de mafiosos que le persiguen (buen trabajo de composición del secundario Luther Adler encarnando al jefe de la banda) abortará sus planes.


La relación paternofilial es la base del film, centrado en sus detalles y complicidades (ese curioso gesto frotándose la nariz, común de padre e hijo, que se repite a lo largo del film, como rima cómplice que une sus personalidades), así como el retrato cómplice de ese sombrío y bronco personaje que intenta superar, sin conseguirlo, su deriva fatal y la mirada al mundo de las carreras de caballos, llena de respeto a los jockeys (estupendo retrato del jinete amigo de Gardfield) y crítica con la miseria moral que caracteriza a sus aledaños criminales. En ello radican las mejores bazas del film que, pese a un tono sólido y ocasionalmente vigoroso, no logra alcanzar las cotas dramáticas que cabría esperar, teniendo en la escasa fuerza de la relación sentimental (el hieratismo de Presle no ayuda) y en las improbables escenas de Gardfield como jockey, montando a caballo, sus elementos más débiles.

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