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Posts Tagged ‘Frank Borzage’

Considerada como una de las películas más importantes de su director,
The shining hour apenas se había podido disfrutar por estos pagos desde su lejano estreno, habiendo quedado relegada por otros títulos señeros de la obra del cineasta (Adiós a las armas, Deseo, Fueros humanos o Tres camaradas, tras la cual fue realizada en 1938).

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Se trata de una producción del mismo Borzage y Joseph L. Mankiewicz (productor antes que gran director, de joyas como Historias de Filadelfia, Furia o Tres camaradas, nada menos) para la Metro Goldwyn Mayer: un vehículo a la medida de una de sus más rutilantes stars, Joan Crawford, basado en una obra teatral de Keith Winter, presentada en Broadway en 1934.

El film se abre con un prólogo neoyorkino, jalonado con elementos de comedia sofisticada, donde conocemos el compromiso nupcial de una famosa y bellísima bailarina, Olivia Riley, conocida por su volubilidad y sus devaneos sentimentales, con el acaudalado y maduro granjero de Wisconsin, Henry Linden (un acartonado Melvyn Douglas en un oscuro papel), lo que ha provocado la pronta llegada del hermano menor de éste, David (sólido Robert Young), para interesarse por la situación y presentar sus reparos ante dicho enlace.
Borzage nos presenta a la protagonista estelar (una Joan Crawford en plenitud, en una personaje a su medida: una sufrida self made woman con orígenes bajos), bailando un bellamente coreografiado número musical (un vals de Chopin que recuerda ciertos musicales de la RKO, por ejemplo), ante la magnetizada mirada de David, recién llegado al club, anticipando la atracción que éste sentirá por ella, pese a una inicial discusión donde le expresa sus reticencias ante el amor que dice sentir por su hermano, tras ser objeto de burla  en una de esas fiestas snobs habituales en ese mundillo donde les consideran unos adinerados paletos.

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Después de dicho segmento preliminar, tras el enlace nupcial velozmente mostrado, el fim nos llevará al rancho familiar de los Linden en Wisconsin, recluyendo allí la acción, dejando claro el origen teatral del film, levemente aireado con el mencionado prólogo.
Olivia, forastera y ajena a la acrisolada solera familiar, será un agente desestabilizador en la placentera (y aburrida) vida familiar de los Linden.
Allí conoce al resto de la familia: Judy, la abnegada y enamoradísima esposa de David (intensa y emotiva Margaret Sullavan, predilecta de Borzage en aquella época, grandiosa actriz que fue reclamada para el papel por la propia Crawford) y Hannah, la hermana mayor, que desempeña un papel rector en la casa, vigilante guardiana de la tradición y el abolengo familiar, a modo de referencia materna para sus hermanos (Fay Bainter).

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Si bien la animosa Judy pronto se mostrará simpática y cercana con la recién llegada Olivia, Hannah pronto demostrará su animadversión hacia la esposa de su hermano, siendo continuas sus puyas verbales, los reproches desairados y los pequeños sabotajes cotidianos (lo cual llega a plasmarse prístina y gráficamente en una escena en que Olivia y Henry se besan a un lado y otro de un coche, situándose Hannah en medio de ambos, interponiéndose y obstaculizando el beso, metáfora de su posición como personaje).

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Así pues, Olivia, ante la displicencia de su despistado esposo, intentará superar el impacto de su irrupción desestabilizadora (su glamour y sex appeal causará sensación) e integrarse en la vida rural y familiar (se manifiesta deseosa de trascender su destino, alcanzando una vida de mayor prestigio social), con el apoyo de Judy y de su criada Belvedere (la inolvidable Hattie McDaniel en su sempiterno papel de sentenciosa criada negra), pese a lo cual pronto se sentirá fatalmente atraída por David, también enamorado de ella (las melodías al piano, ejecutadas por David en su honor, le sirven a Borzage para rememorar el pasado de lujo y glamour de Olivia, enlazándolo con el nacimiento de la pasión entre ella y David).
Incluso en una de sus primeras escenas en la casa, veremos a Olivia en labores de jardinera (ataviada con un provocativo y glamouroso modelito, eso sí, star system obliga), mostrando tanto su voluntad de esfuerzo en pro de la integración como la postergación subalterna a que la idiosincrasia del lugar (y de la familia que lo rige) la relega.

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Pronto el matrimonio proyectará su futuro en común mediante la construcción de una nueva mansión anexa a la familiar, foco máximo de la animadversión de Hannah, quien, lejos de aminorar su rechazo a Olivia, lo va aumentando y sublimando, llegando al paroxismo obsesivo con su fijación por la futura casa.

El segmento central del fim transcurre, apoyado en los acerados diálogos y la lúcida y sólida construcción de los personajes, entre los muros de la por momentos opresiva mansión familiar, presidida por la suspicacia permanente de Hannah ante Olivia y a la cada vez más evidente atracción entre ésta y David (metafórica carrera a caballo por el monte, síntoma del desbordamiento pasional próximo) y por la callada y dolorida mirada de Judy, también atenta a la atracción de su marido por la huésped.
Borzage se encarga de mantener viva la tensión, con una tersa y convincente puesta en escena, con notable pulso y una afilada sutileza, apoyado en las contundentes prestaciones del notable reparto.

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Inexorablemente, las cada vez más tensionadas relaciones entre los personajes llegan al clímax en una larga noche catártica (prefigurando, salvadas las distancias, ciertas obras de dramaturgos posteriores, como Tennessee Williams), cuando la familia celebra una fiesta de honor del matrimonio, con invitados de todo el condado.
Finalmente, la incipiente y reprimida atracción entre Olivia y David cristalizará. Se besarán a hurtadillas, apartadamente, tras un incidente de ella con un invitado a la fiesta (el trompetista aficionado con el que traba amistad a su llegada al lugar, quien se extralimita intenta obtener de ella favor sexual – siempre el fatal retorno de ese perfil del que pretende escapar con su nueva vida-), provocando la desesperada y apasionada reacción de Judy, quien, tras renunciar a su esposo ante Olivia en un emocionado y veraz parlamento (prefiere que sea feliz a que siga a su lado, en una demostración de altruista y verdadero amor por él), se intenta quitar la vida inmolándose entre las llamas del recién provocado incendio de la inacabada mansión de ambos (metáfora del incierto futuro y endeble armazón del matrimonio), provocado por una arrebatada y alucinada Hannah (aquí Fay Bainter abandona su proverbial contención, incurriendo en un excesivo e inesperado histrionismo), ardiente de incontenibles celos (Borzage no se corta a la hora de reflejar la naturaleza filoincestuosa de la relación con su hermano Henry, en una de las aristas más jugosas y sorprendentes del relato).

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Finalmente, en esa hora radiante del nuevo amanecer a que alude el título del film, tras una larga y tempestuosa madrugada, se impondrá un retorno al orden, una recomposición tras el tornado emocional al que se han visto sometidos los personajes, que llevará a David a reconocer el inmenso y verdadero sentimiento de Judy (no olvidemos, su enamorada desde la infancia), a Olivia a abandonar el lugar en pos de otro horizonte más acorde, seguida por un (por fin) avisado Henry, dispuesto a luchar por su amor, tras el arrepentido beneplácito de Hannah.

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El futuro que se abre ante ellos, sin embargo, no deja de ser ambiguo, pues Borzage lo deja abierto. ¿Se mantendrá ese retorno al orden con unos personajes que se han reencontrado consigo mismos? ¿Reverdecerá el brote pasional que les desestabilizó, a la mínima ocasión de su futuro reencuentro? ¿Pesará sobre ellos la sombra de lo sucedido, impidiéndoles un futuro de felicidad?
Muchas son las incógnitas que se abren ante los personajes de este excelente drama pasional, lúcida y penetrantemente dirigido por Borzage.

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Stranded (algo así como Los naúfragos o Los desechos, traduciendo literalmente el título original) fue la segunda película realizada por Borzage para la Warner Bros., cuando ya era un director de reconocido prestigio tras sus excelentes Adiós a las armas, Fueros humanos o Little man, what now?, además de su trayectoria en el mudo.
Con un guión basado en el relato Lady with a badge, de Frank Wead y Frederick Reyher, escrito por el luego notable director Delmer Daves junto con Carl Erickson, el film destaca por una mayor incidencia en la temática social, característica identificatoria de la productora, además de por el protagonismo, nuevamente, tras la anterior Living on velvet, del dúo formado por Kay Francis y George Brent.

La acción del film nos sitúa en el San Francisco de la época, en plena crisis social post-Depresión. Allí nos encontramos con una joven idealista y altruista, Lynn Palmer (carismática Kay Francis, dominadora del film, en una matizada composición que alterna magnetismo y dotes de comediante), quien trabaja para una organización asistencial y benéfica, llamada Travelers Aid (algo así como la Oficina de Ayuda al Viajero) y se ocupa de asistir y ayudar a transeúntes, viajeros, extranjeros, inmigrantes, vagabundos, etc…
En la presentación del film la vemos en plena faena, dedicada a su agridulce labor, atendiendo a una niña que viaja sola en el ferrocarril o a un anciano que solicita ayuda y acaba suicidándose al darse cuenta que le han enviado a una entidad caritativa. Con toques de humor y un tono ligero, dicho prólogo nos introduce en la actividad, agridulce y dura, de Lynn, quien tan pronto logra gratificantes y beneficiosos éxitos como dolorosos y trágicos fracasos.

A la oficina donde trabaja Lynn, en la estación, acude Mark Hale (convincente y animoso papel del habitualmente estólido George Brent), ingeniero jefe del puente que se está construyendo en la bahía (el Golden Gate, se construyó entre los años 1933 y 1937) , quien resulta ser un antiguo noviete de adolescencia de la sorprendida Lynn, el primer hombre de quien recibió un beso (de ahí el título en España del film, Su primer beso).

Tras un primer contacto entre ambos, marcado por la chispa y el choque brusco propio de toda comedia romántica, su relación romántica se convertirá en el eje argumental del film., especialmente a lo largo de una frustrada cita que se alarga durante toda una noche, los altibajos de la relación sentimental comenzada por ambos será la base del film.
Dicha relación se verá marcada por las diferentes concepciones sociales que ambos encarnan, trasunto del debate socio-político de la época Roosevelt entre un mayor intervencionismo asistencial y keynesiano (encarnado en el film por la altruista Francis) y el liberalismo individualista tradicionalmente capitalista (encarnado por el self-made man que incorpora Brent), además de por la modernidad de la libre actitud del personaje femenino, quien se niega a abandonar su trabajo y dedicarse al hogar.
Dicho debate dota a la película de una gran modernidad y sorprendente actualidad, en esta época de crisis económica y omnipresencia de las contemporáneas organizaciones humanitarias y no gubernamentales.

La reconciliación entre ambas líneas se producirá cuando los problemas en la construcción del puente, cuya dirección detenta Mark Hale, creados por la mafiosa extorsión y los sabotajes (introducen alcohol en el trabajo, provocando accidentes, y manipulan a los trabajadores en contra de Hale) provocados por una autodenominada Asociación de Constructores cuyo jefe es un tal Starkey (sólido Barton McLane, habitual en estos broncos papeles), necesiten de la intervención de Lynn y la ayuda de personas agradecidas por haber sido ayudadas por ella en su labor asistencial para solucionarse.

Finalmente, la reconciliación amorosa de ambos se producirá, paralelamente a la feliz conclusión del conflicto laboral, metáfora de la necesaria unión y colaboración de todos, más allá de diferencias ideológicas, paso necesario para la superación de la crisis económica y social producida por la Depresión.

En apenas 75 minutos, Borzage nos cuenta, con buen pulso y ritmo, el romance entre ambos protagonistas, con momentos de notable chispa romántica (punto fuerte característico de Borzage) , especialmente gracias a la magnética composición de Kay Francis, además de un lúcido recorrido por el panorama social de la época, con el telón de fondo de vagabundos, prófugos, parados o inmigrantes, característico de la época de crisis en que fue realizado.
Pese a la dureza de dicho panorama, Borzage sabe insuflarle al relato un tono optimista, luminoso, con fe en el futuro de su país, quien será capaz de  salir de los apuros que atraviesa, gracias a la conciliación entre capital y trabajo, al trabajo conjunto de sus ciudadanos, más allá de diferencias sociales, opciones ideológicas, diversas procedencias.

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