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Cada vez es más frecuente que la noticia del fallecimiento de alguna de las stars del cine clásico suponga algo así como su segunda muerte, habida cuenta de que la mayor parte del público, incluido el cinéfilo de pro, ya los creía desaparecidos, dada la ausencia de información sobre sus años postreros,  habitualemente retirados del primer plano de la actualidad y de las pantallas.
Eso ha ocurrido nuevamente con la reciente noticia de la muerte de Jennifer Jones, estrella del cine clásico, principalmente del melodrama, que permanecía en un olvido injustificado del que no la ha sacado ni la noticia de su desaparición, habida cuenta del escaso reflejo que el hecho ha obtenido en los medios principales, al menos en nuestro país.
Phyllis Lee Isley (pues ese era su verdadero nombre) nació en el seno de una familia de artistas de la legua, en Tulsa, Ocklahoma, allá por el año 1919. Tras una infancia recorriendo el Oeste con su familia, estudiará en la Escuela de Arte Dramático de Nueva York, donde conocerá al también actor Robert Walker, con quien contraerá matrimonio hasta su divorcio en 1944, tras problemas de convivencia derivados del carácter del actor y de sus problemas con el alcohol y las drogas.

Contratada por el gran David O’Selznick tras un dura prueba, la Jones alcanzará gran fama y reconocimiento ya por su primer papel en la gran pantalla en La canción de Bernadette, donde interpretaba a la joven pastorcilla francesa Bernadette Souvirous, a quien se le aparece la Virgen en Lourdes, lo que le llevaría a la consecución de un Oscar como mejor actriz principal, encumbrando su figura en Hollywood inmediatamente.
Su relación privilegiada con O’Selznick, quien cuidará su carrera con la elección de grandes papeles y con quien acabará contrayendo matrimonio en 1949, junto a la explotación de su excepcional físico, cuyos rasgos la convertirán en intérprete ideal de personajes pasionales y mestizos, de un arrollador aunque latente potencial erótico, la convertirán es una de las más grandes estrellas del Hollywood de los cuarenta, especialmente en el terreno del melodrama, pese a haber contado con menor beneplácito crítico e historiográfico, comparando su figura con la de otras divas de la época, tales como Bette Davis o Joan Crawford, por ejemplo.
Resultan inolvidables algunos de sus personajes de aquella década, desde la voluble y mestiza Perla Chávez, amor y perdición de Lewt McCanles (Gregory Peck) en la maravillosa Duelo al sol -aquel final tiroteándose mutuamente, culminando su amor a la par que ambos alcanzan la muerte- hasta la Ruby Gentry del homónimo film de Vidor, pasando por su encarnación de la mítica heroína de Flaubert en la adaptación de Madame Bovary que firmara el gran Minelli, esa joya del surrealismo y el amor idealizado que es Jennie, de W. Dieterle y otros papeles dramáticos como lo que interpretara en films como Cartas de mi amada o Desde que te fuiste, centrada en la retaguardia formada por las anhelantes esposas de los soldados desplazados al frente, durante la 2ª Guerra Mundial.  Si bien cabe considerarla una de las reinas del melodrama clásico, fue destacable su incursión en el mundo de la comedia, de la mano del gran Ernst Lubistch y junto a Charles Boyer, en la deliciosa y sutil El pecado de Cluny Brown.
Entrados en la década de los cincuenta, alcanzada ya unas notables madurez y solvencia interpretativa, seguirá encadenando una importante serie de papeles dramáticos, principalmente en el terreno del drama romántico y la adaptación literaria de prestigio, entre los cuales destacan los de La colina del adiós, Carrie (según la novela de Theodore Dreiser), Suave es la noche (adaptación de la novela de Scott Fitzgerald, de la mano de su director fetiche, Henry King, quien sacó de ella sus mejores registros) o la nueva (y fallida) adaptación del clásico de Hemingway, Adiós a las armas. Fuera del ámbito de Hollywood, trabajaría en dos ocasiones con la dupla de oro del cine británico de la época, Powell y Pressburger (Gone to earth, Corazón salvaje)  y viajaría a la Roma post-neorrealista de la mano de De Sica y junto a Montgomery Clift para protagonizar el drama romántico Estación Termini.

Tras el fallecimiento de su mentor y esposo en 1965, debido a la crisis del sistema de estudios y los cambios sociales y artísticos de los años sesenta, su figura va perdiendo importancia y su carrera va languideciendo, lejos ya de la prestancia de los papeles que le dieran fama y prestigio, hasta su último papel en la gran pantalla, en el gran clásico del cine de catástrofes setentero, El coloso en llamas, al lado de Paul Newman, tras el cual se retiraría definitivamente de las mismas, pasando sus últimos años consagrada a su vida personal y familiar, tras contraer un nuevo y otoñal matrimonio con el magnate Simon Norton, hasta su muerte en recientes fechas, a los 90 años.

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Una jovencísima y deslumbrante Myrna Loy canta en el film The prizefighter and the lady (1933) el tema Downstream drifter, aunque en realidad fue doblada por la cantante profesional Bernice Alstock.

Volviendo a la costumbre de ofrecer en el blog sugerentes y jugosos scans de revistas cinematográficas, interesantes artículos o piezas referidas al séptimo arte, recuperamos ahora un artículo de Jacques Rivette sobre el film fundacional de la nouvelle vague, Los 400 golpes, de F.Truffaut, publicado en Cahiers du Cinema en aquel año y recuperado por la edicion española de la revista, con motivo de los 50 años de su estreno, en 2009.

Surgida de un concurso de belleza al igual que otras divas del cine italiano clásico, casada con el productor Dino de Laurentiis, Silvana Mangano se convirtió en una de las más rotundas y atractivas maggiorate del cine transalpino, en competencia con las Loren, Lollobrigida, Allasio o Cardinale, alcanzando gran fama gracias a su papel de sensual y apasionada recolectora de arroz en la censurada y prohibida en España, Arroz amargo, al lado de Gassman y Raf Vallone. Su status de estrella y sex symbol se mantuvo gracias a films como Ana (donde interpretaba a una monja de dudoso pasado, interpretando aquel bayón que se convertiría en mito de toda una generacion), El oro de Nápoles, Ulises o La tempestad.


Al alcanzar la madurez, tuvo la suficiente vista, acompañada de una justa dosis de fortuna, para incorporarse a un cine de mayor calidad y ambición artísitoca, incorporándose a los repartos de algunos de los más importantes films de los grandes genios del cine italiano, como Pasolini (El Decamerón, Teorema) y, especialmente, Visconti, que encontró en su porte aristocrático y en su rostro sobrio, bello y algo decadente su musa ideal de madurez (Ludwig, Muerte en Venecia y Confidencias).
En los ochenta su carrera decayó, pese a participar en títulos de culto de la ciencia ficción como Dune (producida por su hija Raffaella de Laurentiis) o la chejoviana Ojos negros, al lado de su frecuente compañero, Marcello Mastroianni.
Convaleciente de un complicado y duradero cáncer de pulmón, la Mangano falleció en Madrid, a la joven edad de 59 años, cuando aún podía habernos ofrecido una esplendorosa etapa de madurez, llena de clase y sabiduría interpretativa.

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Extraña pareja, curiosa foto.

Aunque esté uno saturado y cansado del recurso fácil de las efemérides y los aniversarios más o menos redondos en el mundo del cine y la cultura, en ocasiones no queda más remedio que echar mano de ello para recuperar de manera ocasional parte de la visibilidad y atención mediática que parece perdida y preterida hoy día para el cine clásico.

Me gustaría recordar ahora los centenarios de tres rutilantes estrellas, de tres excelentes y carismáticos actores cuya efemérides ha tenido lugar en lo que va transcurrido del presente año.

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Margaret Sullavan (1909-1960)

Sutil y carismática actriz del hollywood de los treinta, década en que fuera una de las más rutilantes estrellas de la pantalla, desde su debut en el film Parece que fue ayer, versión anticipada del clásico de Ophuls Carta de una desconocida, según el relato de Stefan Zweig, a lo largo de una notable lista de títulos, especialmente en el terreno del melodrama: Little man, what now?, Tres camaradas, The shining hour o The mortal storm (todas dirigidas por su dilecto Frank Borzage), So red the rose (King Vidor), So ends our night (John Cromwell), o Back street (en la notable versión dirigida por Stevenson, menos prestigiada que las de Stahl o David Miller). También destacó en el terreno de la comedia, dotada de una especial gracilidad, en títulos como The good fairy (Wyler) o, especialmente, el maravilloso clásico de Lubistch, El bazar de las sorpresas, junto a James Stewart.
Con una vida personal ajetreada (se casó cuatro veces, con gente como William Wyler o Henry Fonda, entre otros), eclipsada su estrella en los años 40 y 50, fallece prematura y accidentalmente con poco más de cincuenta años, víctima de una sobredosis de barbitúricos.

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James Mason (1909-84)

Dotado de una presencia magnética y de una memorable capacidad interpretativa, este actor británico sería uno de los más dúctiles e inclasificables intérpretes del cine clásico, capaz de alternar en su carrera el más desprejuiciado cine de género con papeles de mayor enjundia dramática.
Tras una carrera en su Inglaterra natal, donde podemos encontrar ya un ramillete de excelentes títulos como Perfidia, El séptimo velo, Larga es la noche o The wicked lady, Mason dará el salto a Hollywood en 1949, interpretando dos excelentes films firmados por Ophuls: Caught y The reckelss moment.
Convertido en un actor de prestigio, alternó divertidos papeles en el cine de aventuras, generalmente, gracias a su reverso tenebroso, como carismático malvado (El prisionero de Zenda, El príncipe valiente, 20000 leguas de viaje submarino -donde interpretaría al capitán Nemo-, el malvado de la hitchcockiana Con la muerte en los talones) con otros de mayor empaque en films como Pandora y el holandés errante, Operación Cicerón o la adaptación del shakespeariano Julio César, de la mano de J.L.Mankiewicz. Especialmente recordadas y valoradas fueron sus interpretaciones del alcoholizado y acabado Norman Maine en la versión de Ha nacido una estrella de George Cukor y Judy Gardland o del enfebrecido adicto a la cortisona de Bigger than life, dirigido por Nicholas Ray.
Entrados en los años sesenta, seguirá manteniendo su status de actor singular y prestigioso, dando un plus de calidad y excelencia a los más diversos films, entre los que cabría destacar Llamada para un muerto, La gaviota y Child’s Play (todas de Sidney Lumet), Los niños del Brasil, Viaje al centro de la tierra, Lord Jim, El hombre de McKintosh y, especialmente, la inconmensurable encarnación de Humbert-Humbert en la Lolita de Kubrick, junto a Sue Lyon y Shelley Winters.
Su último gran papel para la pantalla pudimos verlo en Veredicto final, también de Lumet, donde daba réplica a un también inmenso Paul Newman y gracias al cual, obtendría una tercera nominación al Oscar (las anteriores fueron por Ha nacido una estrella y Georgy Girl).
Poco después, en 1984, fallecería en Suiza. víctima de un ataque cardiaco, a los 75 años.

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Errol Flynn (1909-59)

Encarnación del héroe aventurero cínico y pletórico, juerguista y vividor cuyas andanzas y francachelas fueron la comidilla habitual de las páginas de sociedad del Hollywood clásico, legendario bebedor e infatigable amante. Decir Errol Flynn es evocar lo mejor y más inmarchitable del Hollywood clásico, el vitamínico y evocador cine de aventuras de los años treinta del que fuera una de sus mayores estrellas, el comprometido cine bélico y de resistencia antifascista con el que siempre colaboró, los fibrosos westerns dirigidos por Curtiz o Walsh, la química irresistible que era capaz de desprender al lado de femeninas partenaires como Olivia de Havilland, Ava Gardner o Maureen O’Hara.
Es dificil decir algo original de tamaña figura, sólo decir que siempre tendrá un lugar de honor en el olimpo de la historia del cine, gracias a interpretaciones como las de El capitán Blood, Robin de los Bosques, Objetivo Birmania, Edge of darkness, Murieron con las botas puestas, el halcón del mar, Gentleman Jim, Kim, La isla de los corsarios, etc… Verle era arder en inmediatos deseos de ser pirata o boxeador, de emular las andanzas y ademanes del general Custer o de Robin Hood.
En los cincuenta, achacoso, endeudado y depauperado físicamente, verá su estrella languidecer, pese a lo cual siempre mantuvo intanto su carisma y atractivo, en títulos pese a todo atractivos como Mara Maru, Las raíces del cielo, El señor de Ballantry, etc… Fallecerá prematuramente a los 50 años en Vancouver, víctima de un ataque cardiaco, dando lugar a un funeral que haría correr ríos de tinta en los mentideros cinematográficos y mundanos.

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Si la grandeza del cine clásico ha solido residir en gran medida en la variedad y calidad de sus actores de reparto, no es menos cierto que, a menudo, alguno de sus más destacados ejemplos han rozado el status de estrella, gozando del favor y reconocimiento cinéfilo y popular.

Este es el caso del recientemente fallecido Karl Malden, presencia habitual de gran títulos, cuya prolífica carrera se alargó durante décadas, siendo admirado por diferentes generaciones de aficionados, desde sus inicios en la órbita del Actor’s Studio hasta sus últimos papeles para la pequeña pantalla. Su inconfundible rostro de peculiares facciones le convertiría en uno de las más emblemáticos actores de carácter del mejor Hollywood.

Su nombre real era Mladen George Sekulovich, nacido en 1912 en el seno de una extensa familia cuyos orígenes se encontraban en Europa del Este.

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Debutó en los teatros de Broadway en 1938 y su primera aparición en Hollywood fue en el melodrama Sabían lo que querían (1940).
Tras participar en la II Guerra Mundial como miembro de la fuerza aérea de EEUU, su primer gran éxito llegó con la adaptación teatral en Nueva York de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams.

En sus inicios trabó amistad con gente como Elia Kazan o Marlos Brando, trabajando junto a ellos en proyectos teatrales como All my sons, de Arthur Miller.
Hacia 1950 retomó sus papeles en la gran pantalla, participando en notables westerns como El pistolero, de Henry King. Al año siguiente trabajó en Un tranvía llamado deseo (1951), donde interpretaba a Mitch, el mejor amigo de Stanley Kowalski y protagonizaba un romance con Blanche DuBois (Vivian Leigh). Por esta película ganó el Óscar al mejor actor de reparto.

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Seguidamente pudimos verle en diferentes títulos, tales como Correo diplomático, Ruby Gentry, Yo confieso o Take the High Ground, a las órdenes de directores como Hathaway, Vidor o Hitchcock.

En 1954 interpretaría alguno de los mejores papeles de su carrera, el del padre Barry en La ley del silencio de Elia Kazan, junto a Marlon Brando, Lee J.Cobb y Rod Steiger. A continuación, de nuevo a las órdenes de Kazan, obtuvo uno de sus escasos papeles protagónicos, en Baby Doll, junto a Eli Wallach y Sue Lyon.

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Su carrera se alargó hasta los años 80, participando en algunos de los títulos más señeros del cine comercial hollywoodiense: westerns como El árbol del ahorcado, El rostro impenetrable (a las órdenes de su amigo Brando como director), Nevada Smith, El gran combate o el colosalista La conquista del Oeste; cine bélico como Bombers B-52 o Patton; dramas como All fall down, Parrish o El rey del juego, amén de un título emblemático del drama carcelario, El hombre de Alcatraz, donde encarnó al alcaide antagonista del personaje interpretado por Burt Lancaster.

En los años 70, viendo declinar su estrella, se prodigió en trabajos fuera de Hollywood, trabajando en Europa para directores como el rey del giallo, Darío Argento (El gato de nueve colas) o nuestro Isasi-Isasmendi (Verano para matar), hasta terminar trabajando principalmente para la pequeña pantalla, donde lograría éxito y popularidad en la serie policiaca Las calles de  San Francisco, al lado de un principiante Michael Douglas y mantendría una intermitente presencia, llegando incluso a aparecer el algún capítulo de la prestigiosa El lado oeste de la Casa Blanca.

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Fue, además, el principal defensor de la entrega del Oscar de honor en 1999 a Elia Kazan, director de los filmes por los que el actor obtuvo sus dos candidaturas al Óscar y recordado por delatar a sus compañeros durante la ‘caza de brujas’ de los años cincuenta.

En 2004 recibió el premio honorífico del sindicato de actores de EEUU, años después de sus tres candidaturas al Globo de Oro, al que aspiró por Baby Doll, Gypsy y la serie de televisión Las calles de San Francisco (1972-77). Karl Malden se casó en 1938 con Mona Greenberg y tuvo dos hijas, Mila y Carla.

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P.S.: Un soberbio artículo, una excelente entrada en un blog amigo, más info, el consabido tributo youtubesco y el memorable speech del padre Barry en La ley del silencio