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Archive for the ‘Obituarios’ Category

Días atrás, en las últimas semanas del 2009, recibimos la noticia del fallecimiento, a los 90 años de edad, del actor irlandés Richard Todd, recordada presencia del cine británico y hollywoodiense, especialmente en los años cuarenta y cincuenta. De notable presencia física pero limitada ductilidad interpretativa, Todd fue un galán de segunda línea, un actor sólido pero carente del aura especial que acompaña a las grandes estrellas.

Natural de Dublín, Richard Andrew Palethorpe-Todd (ese era su verdadero nombre, apocopado para su alias artístico) fue condecorado por su actividad como soldado en la 2ª Guerra Mundial, hecho que interrumpió su incipiente y prometedora carrera teatral. Reincorporado tras el fin del conflicto, Todd comenzaría a trabajar en el cine americano, destacando en el terreno del melodrama (Lightning strikes again), el género bélico (The dam busters, The hasty heart, D-Day of sixth of June) o el histórico (Rob Roy, La reina vírgen, The sword and the rose, Santa Juana).
Especialmente recordada fue su participación en el film dirigido por Alfred Hitchcock en Inglaterra (Pánico en la escena) o su aparición en el mítico film-río bélico de exaltación aliada (El día más largo).
Logró una nominación al Oscar por su papel en The hasty heart y la condecoración como Oficial del Imperio británico (1993), dedicándose desde los años sesenta en adelante a la televisión, espaciada aunque continuadamente, hasta apenas unos años antes de su fallecimiento.

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Cada vez es más frecuente que la noticia del fallecimiento de alguna de las stars del cine clásico suponga algo así como su segunda muerte, habida cuenta de que la mayor parte del público, incluido el cinéfilo de pro, ya los creía desaparecidos, dada la ausencia de información sobre sus años postreros,  habitualemente retirados del primer plano de la actualidad y de las pantallas.
Eso ha ocurrido nuevamente con la reciente noticia de la muerte de Jennifer Jones, estrella del cine clásico, principalmente del melodrama, que permanecía en un olvido injustificado del que no la ha sacado ni la noticia de su desaparición, habida cuenta del escaso reflejo que el hecho ha obtenido en los medios principales, al menos en nuestro país.
Phyllis Lee Isley (pues ese era su verdadero nombre) nació en el seno de una familia de artistas de la legua, en Tulsa, Ocklahoma, allá por el año 1919. Tras una infancia recorriendo el Oeste con su familia, estudiará en la Escuela de Arte Dramático de Nueva York, donde conocerá al también actor Robert Walker, con quien contraerá matrimonio hasta su divorcio en 1944, tras problemas de convivencia derivados del carácter del actor y de sus problemas con el alcohol y las drogas.

Contratada por el gran David O’Selznick tras un dura prueba, la Jones alcanzará gran fama y reconocimiento ya por su primer papel en la gran pantalla en La canción de Bernadette, donde interpretaba a la joven pastorcilla francesa Bernadette Souvirous, a quien se le aparece la Virgen en Lourdes, lo que le llevaría a la consecución de un Oscar como mejor actriz principal, encumbrando su figura en Hollywood inmediatamente.
Su relación privilegiada con O’Selznick, quien cuidará su carrera con la elección de grandes papeles y con quien acabará contrayendo matrimonio en 1949, junto a la explotación de su excepcional físico, cuyos rasgos la convertirán en intérprete ideal de personajes pasionales y mestizos, de un arrollador aunque latente potencial erótico, la convertirán es una de las más grandes estrellas del Hollywood de los cuarenta, especialmente en el terreno del melodrama, pese a haber contado con menor beneplácito crítico e historiográfico, comparando su figura con la de otras divas de la época, tales como Bette Davis o Joan Crawford, por ejemplo.
Resultan inolvidables algunos de sus personajes de aquella década, desde la voluble y mestiza Perla Chávez, amor y perdición de Lewt McCanles (Gregory Peck) en la maravillosa Duelo al sol -aquel final tiroteándose mutuamente, culminando su amor a la par que ambos alcanzan la muerte- hasta la Ruby Gentry del homónimo film de Vidor, pasando por su encarnación de la mítica heroína de Flaubert en la adaptación de Madame Bovary que firmara el gran Minelli, esa joya del surrealismo y el amor idealizado que es Jennie, de W. Dieterle y otros papeles dramáticos como lo que interpretara en films como Cartas de mi amada o Desde que te fuiste, centrada en la retaguardia formada por las anhelantes esposas de los soldados desplazados al frente, durante la 2ª Guerra Mundial.  Si bien cabe considerarla una de las reinas del melodrama clásico, fue destacable su incursión en el mundo de la comedia, de la mano del gran Ernst Lubistch y junto a Charles Boyer, en la deliciosa y sutil El pecado de Cluny Brown.
Entrados en la década de los cincuenta, alcanzada ya unas notables madurez y solvencia interpretativa, seguirá encadenando una importante serie de papeles dramáticos, principalmente en el terreno del drama romántico y la adaptación literaria de prestigio, entre los cuales destacan los de La colina del adiós, Carrie (según la novela de Theodore Dreiser), Suave es la noche (adaptación de la novela de Scott Fitzgerald, de la mano de su director fetiche, Henry King, quien sacó de ella sus mejores registros) o la nueva (y fallida) adaptación del clásico de Hemingway, Adiós a las armas. Fuera del ámbito de Hollywood, trabajaría en dos ocasiones con la dupla de oro del cine británico de la época, Powell y Pressburger (Gone to earth, Corazón salvaje)  y viajaría a la Roma post-neorrealista de la mano de De Sica y junto a Montgomery Clift para protagonizar el drama romántico Estación Termini.

Tras el fallecimiento de su mentor y esposo en 1965, debido a la crisis del sistema de estudios y los cambios sociales y artísticos de los años sesenta, su figura va perdiendo importancia y su carrera va languideciendo, lejos ya de la prestancia de los papeles que le dieran fama y prestigio, hasta su último papel en la gran pantalla, en el gran clásico del cine de catástrofes setentero, El coloso en llamas, al lado de Paul Newman, tras el cual se retiraría definitivamente de las mismas, pasando sus últimos años consagrada a su vida personal y familiar, tras contraer un nuevo y otoñal matrimonio con el magnate Simon Norton, hasta su muerte en recientes fechas, a los 90 años.

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Surgida de un concurso de belleza al igual que otras divas del cine italiano clásico, casada con el productor Dino de Laurentiis, Silvana Mangano se convirtió en una de las más rotundas y atractivas maggiorate del cine transalpino, en competencia con las Loren, Lollobrigida, Allasio o Cardinale, alcanzando gran fama gracias a su papel de sensual y apasionada recolectora de arroz en la censurada y prohibida en España, Arroz amargo, al lado de Gassman y Raf Vallone. Su status de estrella y sex symbol se mantuvo gracias a films como Ana (donde interpretaba a una monja de dudoso pasado, interpretando aquel bayón que se convertiría en mito de toda una generacion), El oro de Nápoles, Ulises o La tempestad.


Al alcanzar la madurez, tuvo la suficiente vista, acompañada de una justa dosis de fortuna, para incorporarse a un cine de mayor calidad y ambición artísitoca, incorporándose a los repartos de algunos de los más importantes films de los grandes genios del cine italiano, como Pasolini (El Decamerón, Teorema) y, especialmente, Visconti, que encontró en su porte aristocrático y en su rostro sobrio, bello y algo decadente su musa ideal de madurez (Ludwig, Muerte en Venecia y Confidencias).
En los ochenta su carrera decayó, pese a participar en títulos de culto de la ciencia ficción como Dune (producida por su hija Raffaella de Laurentiis) o la chejoviana Ojos negros, al lado de su frecuente compañero, Marcello Mastroianni.
Convaleciente de un complicado y duradero cáncer de pulmón, la Mangano falleció en Madrid, a la joven edad de 59 años, cuando aún podía habernos ofrecido una esplendorosa etapa de madurez, llena de clase y sabiduría interpretativa.

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Si la grandeza del cine clásico ha solido residir en gran medida en la variedad y calidad de sus actores de reparto, no es menos cierto que, a menudo, alguno de sus más destacados ejemplos han rozado el status de estrella, gozando del favor y reconocimiento cinéfilo y popular.

Este es el caso del recientemente fallecido Karl Malden, presencia habitual de gran títulos, cuya prolífica carrera se alargó durante décadas, siendo admirado por diferentes generaciones de aficionados, desde sus inicios en la órbita del Actor’s Studio hasta sus últimos papeles para la pequeña pantalla. Su inconfundible rostro de peculiares facciones le convertiría en uno de las más emblemáticos actores de carácter del mejor Hollywood.

Su nombre real era Mladen George Sekulovich, nacido en 1912 en el seno de una extensa familia cuyos orígenes se encontraban en Europa del Este.

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Debutó en los teatros de Broadway en 1938 y su primera aparición en Hollywood fue en el melodrama Sabían lo que querían (1940).
Tras participar en la II Guerra Mundial como miembro de la fuerza aérea de EEUU, su primer gran éxito llegó con la adaptación teatral en Nueva York de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams.

En sus inicios trabó amistad con gente como Elia Kazan o Marlos Brando, trabajando junto a ellos en proyectos teatrales como All my sons, de Arthur Miller.
Hacia 1950 retomó sus papeles en la gran pantalla, participando en notables westerns como El pistolero, de Henry King. Al año siguiente trabajó en Un tranvía llamado deseo (1951), donde interpretaba a Mitch, el mejor amigo de Stanley Kowalski y protagonizaba un romance con Blanche DuBois (Vivian Leigh). Por esta película ganó el Óscar al mejor actor de reparto.

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Seguidamente pudimos verle en diferentes títulos, tales como Correo diplomático, Ruby Gentry, Yo confieso o Take the High Ground, a las órdenes de directores como Hathaway, Vidor o Hitchcock.

En 1954 interpretaría alguno de los mejores papeles de su carrera, el del padre Barry en La ley del silencio de Elia Kazan, junto a Marlon Brando, Lee J.Cobb y Rod Steiger. A continuación, de nuevo a las órdenes de Kazan, obtuvo uno de sus escasos papeles protagónicos, en Baby Doll, junto a Eli Wallach y Sue Lyon.

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Su carrera se alargó hasta los años 80, participando en algunos de los títulos más señeros del cine comercial hollywoodiense: westerns como El árbol del ahorcado, El rostro impenetrable (a las órdenes de su amigo Brando como director), Nevada Smith, El gran combate o el colosalista La conquista del Oeste; cine bélico como Bombers B-52 o Patton; dramas como All fall down, Parrish o El rey del juego, amén de un título emblemático del drama carcelario, El hombre de Alcatraz, donde encarnó al alcaide antagonista del personaje interpretado por Burt Lancaster.

En los años 70, viendo declinar su estrella, se prodigió en trabajos fuera de Hollywood, trabajando en Europa para directores como el rey del giallo, Darío Argento (El gato de nueve colas) o nuestro Isasi-Isasmendi (Verano para matar), hasta terminar trabajando principalmente para la pequeña pantalla, donde lograría éxito y popularidad en la serie policiaca Las calles de  San Francisco, al lado de un principiante Michael Douglas y mantendría una intermitente presencia, llegando incluso a aparecer el algún capítulo de la prestigiosa El lado oeste de la Casa Blanca.

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Fue, además, el principal defensor de la entrega del Oscar de honor en 1999 a Elia Kazan, director de los filmes por los que el actor obtuvo sus dos candidaturas al Óscar y recordado por delatar a sus compañeros durante la ‘caza de brujas’ de los años cincuenta.

En 2004 recibió el premio honorífico del sindicato de actores de EEUU, años después de sus tres candidaturas al Globo de Oro, al que aspiró por Baby Doll, Gypsy y la serie de televisión Las calles de San Francisco (1972-77). Karl Malden se casó en 1938 con Mona Greenberg y tuvo dos hijas, Mila y Carla.

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P.S.: Un soberbio artículo, una excelente entrada en un blog amigo, más info, el consabido tributo youtubesco y el memorable speech del padre Barry en La ley del silencio

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Falleció días atrás, a los 87 años, James Whitmore, uno de esos actores de carácter y físico reconocible que, como secundario en numerosos films, ayudaron a dar lustre al mejor cine clásico.
Neoyorkino de origen, en su juventud fue destacado futbolista y soldado en el frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Pese a la oposición de su familia, decidió dedicarse a la interpretación, comenzando a aparecer en pequeños papeles en el cine.
Dentro de su nutrida filmografía destacaron sus papeles en notables títulos del cine negro, como Relato criminal (Joseph H.Lewis), La jungla del asfalto (John Huston) o Crime in the streets (Don Siegel).
Uno de sus papeles más recordados de su primera época, amén de uno de los escasos protagonistas a que tuvo acceso, fue el del clásico de ciencia-ficción de serie B, La humanidad en peligro, dirigido por Gordon Douglas.
Obtuvo además una nominación al Oscar y un Globo de Oro, en 1949, por su interpretación en el film bélico Fuego en la nieve, a las órdenes de William A.Wellman.

whitmore_3En los años sesenta siguió siendo una presencia habitual en notables títulos como El planeta de los simios, Tora Tora Tora o Brigada homicida. Cuando su estrella declinó continuó trabajando en el teatro (junto a su esposa Audra Lindley) y en la televisión (especialmente en la serie de culto, The twilight zone), espaciando mucho más sus apariciones en la gran pantalla, hasta que el director Frank Darabont lo recuperó del olvido, otorgándole el jugoso papel de recluso bibliotecario que acaba suicidándose al recuperar la libertad, en ese clásico moderno del cine carcelario que es Cadena perpetua. Whitmore aprovechó la oportunidad, recuperando cierta notoriedad entre el público cinéfilo más joven.

En los últimos años pudimos seguir disfrutando de su presencia en títulos con The relic, The majestic o algunos episodios de la célebre serie CSI.

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Días atrás fallecía a la edad de 84 años el actor británico Edmund Purdom, famoso por protagonizar la adaptación de la novela Sinuhé, el egipcio de Mika Waltari en 1952, lo cual le confirió el derecho a un lugar en la memoria de todo cinéfilo pero eclipsó el resto de su filmografía, iniciada en Broadway años antes.

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Se conoció días atrás la noticia del fallecimiento a los 88 años de edad del actor de origen mexicano Ricardo Montalbán. Considerado como uno de esos actores latinos que consolidó el estereotipo de latin lover en el cine hollywoodiense, Montalbán tiene una extensa filmografía a sus espaldas, donde destacan títulos como La hija de Neptuno o En una isla contigo (junto a la nadadora Esther Williams),  Mi amor brasileño, Sayonara, Dominique, Sweet Charity o La mujer X.

Destacó también en el western, normalmente en papeles de indio, como en las excelentes El gran combate, de John Ford o Más allá de Missouri, de W.A.Wellman, dedicándose a partir de los años sesenta a la televisión, especialmente recordado por su participación en la mítica serie Star Trek.

Obit Montalban

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