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Archive for 1/12/08

En plena eclosión de la screwball comedy (el mismo director dirigió este mismo año 1937 la modélica muestra del género La pícara puritana, que le valió un Oscar al mejor director, en cuya entrega manifestó su agradecimiento por el premio, pese a haberse concedido por el film equivocado -refiriéndose a su predilección por éste Make way for tomorrow-) y del cine de aventuras coloniales, Leo McCarey dirigió uno de los films más a contracorriente del Hollywood clásico, una lúcida y humanista incursión en las desolaciones e incomprensiones propias de la vejez, basándose para ello en una desconocida novela de Josephine Lawrence.

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No puede decirse que el éxito acompañara al film en su estreno (la gente dio la espalda a una propuesta de semejante dureza temática, más dispuesta a la evasión lúdica que proporcionaban comedias o musicales) ni tampoco que el tiempo la haya puesto ante el público mayoritario entre las más destacadas muestras del cine de su autor, ensombrecida por el fulgor de maravillas como Sopa de ganso, Tú y yo o Las campanas de Santa María, pese a lo cual se revela como una gema olvidada del melodrama clásico, como una de las más depuradas muestras de la maestría de su autor.

Este excepcional melodrama se abre con un texto referente al sempiterno conflicto generacional entre padres e hijos, coronado con el cuarto de los mandamientos de la iglesia  –Honrarás a tu padre y a tu madre– (el marchamo católico del relato queda patente desde el inicio para estar presente en el desarrollo del mismo, con sutileza pero con claridad), hábil y sutilmente precedido por un plano celestial, entre nubes, para inmediatamente descender hacia el nevado hogar del matrimonio protagonista, los Cooper, una modesta casa familiar a la que vemos acudir a uno de sus hijos para una reunión familiar junto a sus padres y al resto de sus hermanos.

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En dicha reunión, los ancianos Cooper comunican a sus cuatro hijos (ante la ausencia de una de las hijas, residente en California) la pérdida de su casa hipotecada, pidiéndoles que les den acogida dadas sus dificultades económicas (el padre lleva varios años sin empleo, consecuencia de las estrecheces surgidas tras la Depresión, sutilmente presente en el ambiente general, como opresivo telón de fondo de la época).
De este modo, tras esta escena introductoria, teatral y emotiva, dolorosa pese al tratamiento levemente humorísitico al que la somete el director (el contrapunto humorístico lo pone el más joven y dicharachero de los hermanos), McCarey nos introduce en el conflicto: inmediatamente surgirán las reticencias e incomodidades de los hijos (y sus respectivas familias) ante la perspectiva de tener que acoger a sus ancianos progenitores, desahuciados de su hogar, desarraigados del lugar donde han vivido toda la vida.

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Así pues, el padre Bark (emotivo, algo histriónico Víctor Moore, insigne actor teatral en Broadway pero de discreta trayectoria cinematográfica) irá a vivir con su hija mayor Cora y su marido en la ciudad. Pronto le veremos aburrido y solo, tratado con desapego y dureza por su adusta y avinagrada hija, incluso cuando cae enfermo, solamente aliviado por su relación amistosa con un tendero judío que  le distingue con su cálida y comprensiva camaradería (actúando con ello en el relato como reflejo de la indignación moral del espectador ante la dejación moral con que los hijos tratan a sus progenitores, catalizador del rechazo que generan las situaciones).
Paralelamente, la madre Lucy (inconmensurable creación de la habitualmente secundaria Beulah Bondi, quien tenía 49 años en aquel momento) irá a vivir en casa de su hijo George (un Thomas Mitchell siempre convincente) en Nueva York. Pronto surgirán problemas de convivencia ante su presencia, dadas las refinadas costumbres de la esposa de éste, Anita (Fay Bainter) y la vida caprichosa y algo licenciosa de la hija adolescente de ambos, Rhoda, en plena edad del pavo. La abuela, pues, pronto será vista como un estorbo ante las visitas sociales de la pareja (dan elegantes y empingorotadas clases de bridge en casa en busca de aumentar los ingresos familiares) y causa de conflictos por la educación de la nieta (la esposa de George le recriminará su entrometimiento) e, incluso, con la sirvienta, quien debe renunciar a sus noches libres para quedarse a cuidarla, ante las frecuentes salidas de la pareja y la joven.

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Forzosamente separados, solos y desarraigados en sus nuevos hogares, ambos ancianos intentan resignarse y adaptarse a su nueva situación, apoyando a sus hijos e intentando servir de ayuda pese a las reticencias de éstos, contentándose con el contacto telefónico ocasional (McCarey canaliza nuestra incomodidad mediante las expresiones de extrañeza y rechazo de los invitados a las clases de bridge, obligadamente presentes en la sentida conversación por teléfono de la anciana con su marido).

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McCarey nos va narrando sus peripecias con elegancia, sobriedad y notable emoción, mediante una puesta en escena sencilla y sutil, lejos de subrayados melodramáticos, dejando recaer el peso de las escenas en el soberbio trabajo interpretativo del elenco actoral, especialmente de una Beulah Bondi en estado de gracia, capaz de transmitir soberbiamente la mezcla de calidez, inteligencia y desvalimiento de su personaje. A este respecto, excepcionales resultan las escenas en que el molesto ruido de su mecedora, en pleno trascurso de las clases de bridge de su nuera, denota, de modo suavemente metafórico, la incomodidad de su sobrevenida presencia y su inadaptación al nuevo ambiente o aquella otra en que, tras leer una carta con membrete de un asilo, la anciana se adelantará a su hijo, facilitándole el camino y sacrificándose generosamente por él (una vez más en su vida de dedicación abnegada), comunicándole su (inexistente) deseo de ingresar en dicho asilo de ancianos.

Ambos ancianos se verán abocados a seguir separados, incluso a vivir en otra ciudad, cuando Cora, decida enviar a su padre a California, donde reside la otra hermana, Addie, con la excusa de un clima más benevolente para su delicada salud y cuando George, presionado por su esposa ante la que claudicará pusilánimemente, y ante la negativa de su otra hermana a cumplir con sus obligaciones alicuotas, decida enviar a su madre a una residencia para ancianos de la ciudad (manteniéndoselo en secreto a su marido, en un último rasgo de generosidad de la mujer).

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Concedidas (a modo de último deseo antes de la ejecución) unas últimas horas para estar juntos en la ciudad, antes de su partida y (definitiva) separación, los dos ancianos pasearán del brazo por la misma, rememorando los cincuenta años de su matrimonio y confirmándose en su mutuo amor, para terminar en el hall del hotel donde celebraron, décadas atrás, su luna de miel, dejando de lado la cena familiar donde les esperaban sus hijos para la agria despedida (en un rasgo de emancipación inversa, de los padres respecto de sus desagradecidos hijos). Allí son tratados con deferencia por los empleados del hotel, invitados a cenar, pudiendo con ello disfrutar de una última velada y un último baile juntos (precioso el respectuoso momento en que la orquesta rectifica para volver a atacar un vals más acorde con la edad de la pareja, recién salida a la pista).

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Pese a la sordidez de su entorno familiar y la oscuridad del desolado futuro que les espera, este segmento está dotado de un inigualable lirismo (que por momentos recuerda al mejor cine mudo, a Chaplin, Borzage o el Murnau de Amanecer), de una sutil pero potente emotividad, llena de lucidez y comprensión de la naturaleza humana. Ante el desentendimiento desabrido y egoísta de sus hijos, la pareja celebra el único tesoro de su dificultosa existencia: su mutuo amor y respeto, el cariño compartido de una vida en común, más allá de fracasos e insuficiencias, lejos del fantasma de arrepentimiento alguno. En su periplo urbano, a modo de despedida vital, lleno de melancolía pero también de una serena felicidad, la anciana pareja recobrará (momentáneamente, ay) la dignidad e independencia perdidas, la dicha de la mutua compañía y comprensión.

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Finalmente, en el andén del tren, subvirtiendo el cliché romántico, ambos ancianos se despiden, víctimas de la imposibilidad de su amor, en este caso no por las dificultades del entorno social o las vicisitudes de la vida, sino por el desagradecido e inmoral desdén de sus propios vástagos, quienes prefieren anteponer su individualismo materialista y su deseo de status social al cumplimiento de sus (cristianas) obligaciones familiares.

Lejos de enfáticos subrayados o didactismos moralizantes, McCarey va conduciendo diáfana y sutilmente el relato, con una de esas transparentes puestas en escena que dejan descansar la verdad de lo contado en el rostro y en el comportamiento de sus excelentemente construidos personajes (y consiguientemente, en el trabajo de los actores que los incorporan), sin maniqueísmo ni apriorismo alguno.
Pocas veces se ha acercado el séptimo arte al mundo de la vejez y las relaciones familiares con tanta hondura y verdad, con tanta comprensión y generosidad hacia sus criaturas (inolvidable el personaje de esta madre capaz de sacrificarse y ayudar a su hijo, incluso en el trance en el que éste se decide a desacerse de ella), con mirada piadosa y humana de inmensa profundidad, no exenta del inexorable jucio moral.

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